México está entrando en una transformación social profunda que todavía no recibe la atención pública que merece: la reciente información difundida por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés: United Nations Population Fund) y retomada por diversos medios nacionales revela una realidad preocupante, que millones de mexicanos sí desean formar una familia y tener hijos, pero simplemente no encuentran las condiciones económicas y sociales para hacerlo.
El problema no es menor, la tasa de fecundidad en México cayó de 2.07 hijos por mujer en 2018 a apenas 1.60 en 2023, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Esta cifra ya se encuentra por debajo del nivel de reemplazo generacional, lo que significa que el país comienza a envejecer aceleradamente y a reducir su población infantil y juvenil.
Pero detrás de los números existe una realidad mucho más delicada. Más de la mitad de las personas encuestadas señalaron que no han tenido hijos por razones económicas. Otros mencionan desempleo, precariedad laboral, dificultad para acceder a vivienda y falta de apoyos para el cuidado infantil. Es decir, el problema no es falta de deseo de construir una familia; el problema es que cada vez es más difícil sostenerla.
Hoy miles de jóvenes enfrentan salarios bajos, rentas elevadas, inflación constante y escasas oportunidades de crecimiento patrimonial.
Comprar una vivienda en ciudades como Querétaro se vuelve cada vez más complicado, mientras los costos de educación, salud y transporte continúan aumentando
Formar una familia empieza a percibirse como un riesgo financiero más que como un proyecto natural de vida
A esto se suma una realidad laboral particularmente dura para las mujeres: el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) ha documentado que millones de madres trabajan en condiciones precarias y además cargan con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados y que la ausencia de suficientes guarderías, horarios flexibles y políticas de conciliación familiar agrava todavía más el problema.
Las consecuencias serán profundas porque menos niños significa en el futuro menos trabajadores, menor dinamismo económico y una presión creciente sobre los sistemas de salud y pensiones.
Pero además existe un impacto social y emocional: una generación que quiere construir estabilidad, pero que siente que el país no se la permite.
México necesita entender que fortalecer a la familia no es solamente un discurso político o moral, es una necesidad estratégica nacional.
Sin empleo digno, vivienda accesible, seguridad y apoyo real a las nuevas generaciones, el país corre el riesgo de entrar en una crisis social silenciosa que afectará su futuro durante décadas.
Porque cuando tener hijos y construir un hogar se convierte en un lujo, el problema ya no es individual: es estructural.
Por Gustavo Buenrostro
Pdte de Por Querétaro Todo, AC
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