En España coincidieron dos mujeres y un camino: la democracia. Pero no caminaron igual, no pesaron igual, ni dejaron la misma estela.
Por un lado, María Corina Machado, recibida como lo que representa para millones de venezolanos: resistencia, coraje y esperanza. Ovacionada en la Puerta del Sol, reconocida como mujer de oro puro, de esas que no ocupan maquillaje discursivo porque su lucha la respalda. Allí no hubo montaje, hubo gratitud. No hubo grilla, hubo reconocimiento.
Por el otro lado apareció Claudia Sheinbaum, queriendo hablar de democracia con ese tono de quien pretende dar lecciones, mientras en México el árbitro electoral ha sido golpeado, las instituciones son acosadas desde el poder y la vida pública se ha ido llenando de imposiciones, consignas y propaganda. Habló de paz y vida, mientras acá la violencia cabalga como corcel desbocado por pueblos, carreteras y ciudades. Habló de sembrar árboles, cuando en la realidad mexicana todavía retumba la devastación ecológica provocada en zonas del Tren Maya. Y para rematar, en vez de mostrarse como estadista, sacó a relucir la vieja pancarta universitaria, la grilla de siempre, el reflejo de quien no termina de salir de aquellos años de pleito ideológico en la UNAM: “Cristina Libre”.
Ahí quedó claro que una cosa es ocupar la Presidencia… y otra muy distinta estar a la altura de ella.
Y como si la escena ya no fuera suficientemente bochornosa, vino el señalamiento demoledor de Ignacio Garriga, secretario general de VOX, quien la llamó narcopresidenta y le reclamó que antes de pontificar sobre democracia debería pedir perdón por un país inundado de drogas y de muertos. Duro, seco y directo. Un señalamiento que, más allá de filias o fobias, le pegó donde más duele: en la brutal contradicción entre el discurso oficial y la tragedia cotidiana que vive México.
Y entonces vino a la mente aquella telenovela noventera: Dos mujeres, un camino. Mala, exagerada, absurda, pero inolvidable. Una de las peores novelas de la televisión mexicana… y al mismo tiempo un éxito memorable. ¿Por qué? Porque el exceso atrapa, el melodrama vende y el disparate, cuando rebasa todo límite, termina volviéndose espectáculo nacional.
Y si de ese culebrón hablamos, no podía faltar la “Tesorito”. Figura escandalosa, provocadora, más cercana al alboroto que a la profundidad.
Personaje de relumbrón, de brillo estridente, de los que convierten el drama en show. Algo así pasó en España: mientras María Corina lucía como pieza fina, como metal limpio,
Claudia sacó el cobre, el reclamo de consigna, la política de cartel, el gesto de quien no puede evitar enseñar el cobre cuando debería mostrar altura.
Así quedó la escena: María Corina Machado, de oro puro.
Claudia Sheinbaum, enseñando el cobre.
* Una, ovacionada por su congruencia.
* La otra, embarrada por sus contradicciones.
*Una, símbolo de lucha democrática.
*La otra, atrapada entre discurso hueco, violencia desbordada y propaganda reciclada.
Al final, España no sólo fue escenario de un acto político. Fue espejo. Y en ese espejo se vio clarito quién camina con estatura moral… y quién sigue atrapada en el libreto de la mala novela.
Porque sí: dos mujeres y un camino.
Pero una caminó hacia la historia…
y la otra se hundió en el melodrama.
Recuerda: el 2027 nos llama! 🇲🇽
Por: Redacción
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